Publicado el 12/04/2021 Categoría: Actualidad

El año en que España dejó de ser un país de bares



Tras más de 12 meses de pandemia, el coronavirus deja un reguero de cierres en la hostelería y un futuro complicado para cafeterías y restaurantes

 

 

España se ha ganado el apodo de ser un país de bares, con más de 280.000 empresas del sector hostelero (a comienzos del año pasado según el INE), de los que casi un 90% eran bares, restaurantes y establecimientos de comida y bebida. Negocios, de tamaño muy variable, que dependen del tipo de vida de los residentes en el país y de la llegada de turistas internacionales —83,5 millones en 2019—. Dos factores que se han resquebrajado con el zarpazo del coronavirus, lo que ha llevado a bajar la persiana de forma definitiva a unos 85.000 establecimientos, según la patronal hostelera. España pierde así, al menos de forma temporal, una de sus esencias.

 

 

Una crisis general

Esto mismo, en diferentes niveles, lo ha sufrido el resto de negocios del sector. Por ejemplo, en aquellos establecimientos familiares con poca plantilla y con un alquiler económico o local en propiedad, los gastos fijos son menores. El problema que tienen es que el pulmón económico para aguantar o el acceso a financiación son mucho menores, por lo que el mes a mes les ahoga de la misma forma.

 

EL PAÍS ha entrado en contacto con otros casos emblemáticos de establecimientos que han cerrado, como la cafetería Hontanares (1966-2020) de la avenida de América, en Madrid, o el bar Manolo (1935-2020), en el centro de Sevilla. Tanto estos como otros casos consultados reconocen un mismo problema: unas pérdidas mensuales por la crisis económica derivada del coronavirus que les ha llevado a bajar la persiana. Aunque el golpe emocional es incluso más duro que el económico y por ello han preferido no explicar más detalles de la situación dramática que han vivido por la pandemia.

 

Al final el problema es común a todos los negocios: las ventas se hundieron —y la recuperación ha sido tímida—, mientras que los gastos han bajado con una intensidad menor. El resultado es una brecha insalvable para buena parte de los negocios, que han quedado con unos beneficios exiguos (los afortunados), empatan (se dan con un canto en los dientes) o están en pérdidas, lo que se traduce cada vez en más cierres.

Así, el castillo de naipes comienza su derrumbe cuando las ventas se caen por la depresión de la actividad. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2020 la cifra de negocio de la hostelería cayó un 51,4%. José Luis Yzuel, presidente de Hostelería de España, confirma estas cifras, que van en línea con las previsiones que tenían. “Hay establecimientos de toda la vida cerrando y la gente está muy tocada. Y los que sigan vivos, lo harán con graves daños financieros”, avisa Yzuel, que cree que la estimación de cierres puede subir hasta los 100.000 locales dado el mal inicio del año y la demora en hacerse efectivas las ayudas directas.

 

Una sangría y cascada de cierres enorme, aunque los analistas coinciden en que podía haber sido peor. El destrozo se ha aliviado con las herramientas que ha diseñado el Gobierno central y las comunidades autónomas. Especialmente los ERTE y los créditos ICO, que fueron el primer salvavidas del sector y que sigue siendo vitales. Algo en lo que hace especial hincapié Juan José Blardony, director general de Hostelería de Madrid: “Los ERTE han sido muy importantes durante toda la crisis y se deberían ampliar al menos hasta final de verano”, reclama.

 

 

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